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"Para mí Dios es lo máximo"

Llegamos a Beluso, concello de Bueu en Pontevedra, una tarde lluviosa y cargada de fuertes vientos que, de alguna manera, eran precursores de un Espíritu que con mucha fuerza fue fluyendo en toda las aldeas de este bello puerto pesquero en Galicia en la misión parroquial que tuvo lugar el pasado 10 de enero hasta el 27.

Acompañado de los padres misioneros Juan Bautista y Javier Recio para mí esta segunda misión se me presentaba como la primera en Muro del Alcoy, de aprendizaje y entrega en lo poco de mi persona. Ya en mi primera misión como miembro del Cesplam me di cuenta de lo gratificante que era poder entrar en las casas donde se celebran las asambleas familiares y estar atento a la escucha de todo lo que las gentes más sencillas puedan compartir con todos los hermanos de una forma tan clara. Y fue en una de estas asambleas donde una noche ya de recogida y finalizando la jornada y ante la pregunta ¿Quién es Dios para ti? Una señora, ya abuela, en su sencillez contestó con naturalidad: “Para mi Dios lo máximo”.

Lo que dijo y cómo lo dijo nos dejó en el silencio donde se reconoce los momentos más sublimes. La señora lo repitió después dos veces más en una forma pausada y serena y confiada en haber expresado lo más importante en su vida.

Salí de aquella asamblea con la dulzura de haber escuchado una afirmación que de habérsela oído a un maestro hubiera dicho que sus experiencias en la oración le llevan a la culminación de la mística. Pero ha sido en una misión y ante una abuela, mujer de marinero, donde con toda naturalidad ella te refleja en una oración una máxima de la mística.

Fue a partir de aquí que puse máxima atención a todo lo que estas buenas mujeres, casi todas esposas de marineros, expresaban ante preguntas como el significado de Dios en sus vidas. Llegué a la conclusión de reconocer en ellas a mujeres llenas de FE y sobre todo de ESPERANZA, pues en su espera a que llegaran sus maridos de allende de los mares donde a veces permanecen más de 6 meses trabajando con sus redes, ellas aumentan su vida y su confianza en un buen Dios que les devolverá a sus maridos, hijos y padres.

Mi curiosidad de hombre de interior me llevaba a querer conocer los entresijos de los pescadores y sobre todo si entre todos los utensilios que cargaban ante grandes empresas de tiempo en alta mar y cruzando mares y continentes… ¿Dónde quedaba Dios? Y recuerdo que Antonio me decía mostrándome una fotografía de una ola de más de 15 metros que en esos momentos como en otros tan difíciles Dios era la verdadera tabla de salvación y esperanza.

La misión iba cogiendo su rumbo y todas las asambleas ardían en deseos de querer más y más cuando casi todo llegó a su fin. Me sorprendieron los niños del colegio de Beluso por su avidez en querer conocer más sobre la vida de Jesucristo y donde primaba en sus vidas su familia y la vida en el campo y con los animales a jugar con el último juego de la Play Station. Las eucaristías de los pequeños eran siempre dinámicas, repletas de niños y llenas de alegría.

Y en el recuerdo queda una comunidad muy llena de vida, renovada y con muchas ganas de trabajar junto a su párroco José Antonio Santos que tiene el don de hacer partícipes hasta las piedras sin dejar su sentido del humor tan gallego- tan inteligente.

Primero Muro del Alcoy y ahora Beluso, dos pueblos dos experiencias y una comunidad con hambre de nacer de nuevo a la luz del Espíritu Santo. Y Dios que me ha bendecido en estas dos misiones que me han llevado hasta el corazón del ser humano, allá donde se encuentran todos los deseos, necesidades y sufrimientos y donde he visto el rostro de un Redentor que sigue dispuesto a seguir redimiendo a todos los hombres y mujeres en su sueño de ver el amor del Padre plenamente derramado. En esta tarea quiero vivir todos los días de mi vida afirmando que Dios para mí también es lo máximo y así rendirme a su nombre. En los más sencillos seguimos encontrando la respuesta en contraposición a todo lo mínimo que nos quita tanto. Quiero aprender de la mujer que lo espera todo de la misericordia de Dios.

Juan Ramón Martín

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